• La defensa de su sustento se convirtió en un acto de justicia brutal.
Por: Arturo Callejo

La vocación de Texcapilla, una de las diez comunidades que abrazan el imponente volcán Xinantécatl, siempre ha sido el trabajo de la tierra. Habas, avena, maíz, frijol y papa: el corazón del pueblo late al ritmo de la agricultura. Sin embargo, en los últimos años, el hedor del crimen organizado, específicamente La Familia Michoacana (LFM), suplantó el aroma de la cosecha.

El pasado 8 de diciembre de 2023, la comunidad, harta del “derecho de piso” y las extorsiones, decidió que no cedería ni una semilla más. La defensa de su sustento se convirtió en un acto de justicia brutal.

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La cita de la muerte en el campo de futbol

Era viernes, a solo cuatro días de la celebración a la Virgen de Guadalupe, cuando el hartazgo popular llegó a su punto de quiebre. En el centro de Texcapilla, el campo de futbol se preparaba para ser el escenario de una reunión fatídica. En un lado, Rigoberto de la Sancha Santillán, alias “El Payaso”, y nueve de sus cómplices, representantes de los líderes de LFM, “El Fresa” (José Alfredo Hurtado Olascoaga) y “El Pez” (Johnny Hurtado Olascoaga), esperaban el pago de extorsiones que les arrebataba la mayor parte de su trabajo.

Lo que no sabían es que el delegado municipal, Noé Olivares Alpízar, había organizado una emboscada secreta. Los pobladores, armados con la dignidad y lo que tenían a mano — piedras, palos, machetes, escopetas y resorteras — se prepararon para enfrentar a sicarios con armas de grueso calibre.

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El “coraje es coraje”: La chispa de la rebelión

La condición para el encuentro, según testimonios recabados, era que “El Payaso” acudiera. Poco después del mediodía, llegó junto a sus hombres en camionetas y una motocicleta, fuertemente armados y vestidos algunos con ropa tipo militar. Al reunirse en el centro de la cancha, el plan se desató.

De la parte arbolada que circunda el campo, emergió la furia contenida del pueblo, decenas de comuneros empuñando sus machetes. Los criminales estaban rodeados. Testimonios cuentan que fue una comunera, siempre liderados por Olivares Alpízar, quien “bajó” a “El Payaso” con un cuchillo. La batalla campal fue inevitable.

Una voz del pueblo, que conversó con Informativo Mexiquense, describió la dureza de su víctima:

“A ‘El Payaso’ le propinaban en repetidas ocasiones de machetazos pero ‘estaba corrioso y no se doblaba, estaba muy duro y hasta el machete rebotaba’ (en su humanidad), hasta que por fin cayó”.

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Diez sicarios vencidos por el miedo y la ira

La lucha fue desigual en armamento, pero no en determinación. El miedo era palpable, pero la alternativa era seguir siendo esclavos de la extorsión.

“Con miedo, porque sí teníamos miedo, no permitimos que se alejaran tanto de nosotros porque nos iban a rafaguear y hubiera habido más muertos de nosotros,” agregó otro testimonio sobre la coordinación para evitar que los delincuentes pudieran usar sus rifles a distancia.

En minutos, la revuelta dejó un saldo de diez delincuentes sin vida, quienes fueron golpeados con palos, piedras y machetes. La escena culminó con la quema de los cuerpos en la misma cancha, grabada y difundida en redes sociales como una advertencia silenciosa. Por su parte, la Secretaría de Seguridad del Estado de México confirmó que cuatro pobladores murieron defendiendo su tierra, entre ellos su líder comunero y tres mujeres.

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El éxodo del miedo y la venganza retrasada

La llegada tardía del Ejército, la Guardia Nacional (GN) y la policía estatal desató una nueva oleada de terror. La voz de que más integrantes de La Familia Michoacana se acercaban para cobrar venganza causó un éxodo. Familias enteras huyeron al monte o a las alturas de los cerros, temiendo la represalia.

Este miedo se hizo realidad la tarde-noche de ese mismo 8 de diciembre. En los tramos carreteros de salida de Texcapilla, catorce pobladores fueron “levantados”.

La ausencia que se vuelve un año

Treinta y nueve días después de la masacre y el secuestro, solo siete de los catorce “levantados” fueron liberados en las inmediaciones del Nevado de Toluca.

Los rescatados fueron los hermanos Dilan Tadeo Huicochea Trinidad (4 años) y Keyli Nataly Huicochea Trinidad (1 año), junto a sus hermanos mayores Lucero Huicochea Esquivel (13), Edwin Huicochea Esquivel (14) y Ana Teresa Huicochea Esquivel (19), además de Guadalupe Trinidad Rojas (23) y Norma Esquivel Ortiz (36).

Sin embargo, siete siguen desaparecidos. Entre ellos, Joel Huicochea Arce (33), J. Trinidad Huicochea Salcedo (67), un policía municipal y dos individuos más no identificados. Un caso particularmente doloroso es el de Javier Balbuena Albarrán y Germán García González, quienes fueron llevados heridos de bala al hospital de Coatepec y, de ahí, sustraídos por hombres armados.

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 “Me dan ganas de matar”: El reclamo en Toluca

A casi un año de los hechos, el dolor de la desaparición lleva a los pobladores a exigir justicia y respuestas. En dos ocasiones, la más reciente a inicios de semana, un grupo acudió al Palacio de gobierno en Toluca para presionar a la gobernadora Delfina Gómez Álvarez para que se busque a sus seres queridos.

Un comunero, cuyo dolor es palpable, compartió su sentir con Informativo Mexiquense:

“Me dan ganas de matar a un hijo de la torre que se me atraviese, porque el coraje es coraje”.

Al ser cuestionado sobre cuántos familiares le faltan, la respuesta del labriego muestra la magnitud de la tragedia personal:

“Dos, de 28 y 26 años, dejaron unos gemelitos de seis años el de 26 años, el otro dejó un niño recién nacido y lo registré a mi nombre, como papá, el niño tiene año y medio. Pues al campo (se dedicaban), siembro maíz, habitas, chícharos, calabacitas y me dedico a la albañilería, al campo, a lo que sea, donde haya jale”, afirmó, demostrando que la vida del campo fue la razón de la batalla y ahora, la razón de la pena.

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El progreso lento bajo la vigilancia

A pesar de la tragedia y el persistente temor al regreso de LFM, Texcapilla se niega a doblegarse. Los pobladores han pedido al gobierno no retirar al Ejército ni a la policía estatal, pues la seguridad ha disminuido a lo largo del año.

El pueblo avanza: las escuelas han reabierto, se han organizado brigadas de salud y talleres. La cancha de fútbol, el sangriento epicentro de la rebelión, ha sido transformada. De tierra, ha pasado a ser de pasto sintético, testigo de encuentros deportivos que buscan reemplazar el recuerdo de la masacre. El centro de la comunidad también ha sido remodelado en sus banquetas y guarniciones, un intento de sanar la herida con obras.

Las  investigaciones oficiales determinaron que los comuneros actuaron en defensa propia el 8 de diciembre. Un pequeño consuelo, pues no se levantaron cargos penales contra los campesinos de Texcapilla, que defendieron su tierra, su sustento y su vida. Hoy, la comunidad, aunque marcada por el dolor y la ausencia, continúa labrando la tierra bajo la sombra del Xinantécatl, con la firmeza de quien ya no tiene nada que perder.