• n México, miles de personas han adoptado esta corriente cultural.

La cultura del K-pop, originaria de Corea del Sur, ha trascendido la música para convertirse en un fenómeno global que abarca moda, gastronomía, cosmética y dramas televisivos. En México, miles de personas han adoptado esta corriente cultural; sin embargo, este movimiento no solo influye en las preferencias musicales, sino que también impacta de forma directa en los hábitos de consumo, la percepción corporal y las dinámicas sociales de sus seguidoras.

Nayeli López Rocha, investigadora del Programa Universitario de Estudios sobre Asia, África y Oceanía de la UNAM, explica que los modelos estéticos promovidos por esta industria responden a exigencias comerciales altamente occidentalizadas que distan de la realidad cotidiana, tanto en Corea como en América Latina.

¿Por qué los estándares de belleza del K-pop no son naturales?

Aunque las figuras de la industria surcoreana aparenten representar al común denominador de su población, la especialista de la UNAM aclara que estos ideales responden a parámetros de perfección construidos por una industria cultural capitalista.

"Es fundamental que el público que consume estos contenidos comprenda que esos parámetros no son naturales, sino el resultado de un proceso artificial construido para satisfacer las necesidades de una industria", advierte López Rocha.

Este fenómeno fomenta expectativas irreales. Por ejemplo, la adopción de rutinas de cuidado de la piel (skin care) se promueve bajo la premisa implícita de obtener una tez sin imperfecciones y juvenil, ignorando la diversidad étnica y la variabilidad física inherente a las corporalidades mexicanas.

¿Cómo influyen las redes sociales y el 'Hallyu' en las fans mexicanas?

La expansión masiva de la "Ola Coreana" (Hallyu) se ha consolidado gracias a herramientas digitales como YouTube, TikTok y Facebook. Estas plataformas permiten la formación de comunidades globales de seguidores, como el caso de ARMY (fans del grupo BTS), cuyas identidades son impulsadas por las propias agencias de entretenimiento para estrechar lazos emocionales y comerciales.

No obstante, esta cercanía digital genera dinámicas de alta exigencia entre las seguidoras mexicanas:

  • Competitividad en el consumo: Presión por adquirir todas las versiones de un mismo álbum o mercancía oficial de manera inmediata.

  • Inversión de tiempo prolongada: Jornadas que van de 2 hasta 12 horas diarias dedicadas a interactuar en plataformas digitales y cumplir metas de reproducción.

  • Adopción de valores de esfuerzo: Asociación del consumo masivo con el reconocimiento y la pertenencia dentro del grupo de fans.

¿El consumo de K-pop representa un riesgo para la juventud?

A diferencia de otros contenidos mediáticos con violencia explícita o hipersexualización evidente, el K-pop suele ser percibido por los padres como una alternativa inofensiva. Sin embargo, la investigación advierte que este fenómeno proyecta un imaginario ajeno a la realidad nacional.

Los modelos corporales promueven una delgadez extrema difícil de alcanzar para la diversidad anatómica latinoamericana. Además, la industria emplea códigos sutiles de sexualización —como el uso de indumentaria específica o la representación de apariencias a medio camino entre la infancia y la adultez— que pueden perpetuar estereotipos de género y formas indirectas de violencia.

¿Qué imagen tienen las jóvenes sobre los hombres surcoreanos?

La construcción mediática del K-pop proyecta figuras masculinas percibidas como protectoras, educadas, atentas y fieles. Esta representación conduce a que algunas jóvenes mexicanas idealicen a los varones de esa nacionalidad, alejándolos del contexto social real.

La experta de la Universidad Nacional Autónoma de México subraya que los integrantes de estos grupos son productos de entretenimiento diseñados estratégicamente. Por ello, sugiere que padres y tutores dialoguen con las adolescentes para recordarles que estos estándares estéticos no son un requisito de belleza real y que la imagen promovida por la industria no refleja necesariamente el comportamiento del común de la sociedad.