“En la Modernidad avanzada, la producción social de riqueza va acompañada sistemáticamente por la producción social de riesgos”, así lo escribió el teórico alemán Ulrich Beck, en La sociedad del riesgo, su libro señero, escrito hace casi 35 años, convertido en un texto clásico por la claridad de sus conceptos.
La industrialización acelerada de la sociedad global y la creciente urbanización de las comunidades locales generaron múltiples efectos en la relación entre la actividad humana y el medio ambiente. Los riesgos sociales y las asimetrías económicas agudizaron las condiciones de riesgo de desastre para la población mundial, principalmente en las zonas de menor desarrollo.
Los peligros que amenazaban a la Sociedad del Riesgo ya no eran atribuidos a los dioses, ni a la naturaleza por sí misma, sino a los efectos imputados a las decisiones humanas que generaban riesgos por no respetar o dimensionar la fuerza de la naturaleza que, a través de un huracán o un sismo, afectaban inesperadamente a las construcciones y desarrollos urbanos y comerciales en las metrópolis; asimismo, los riesgos manufacturados, es decir aquellos provocados por el avance de la ciencia, la tecnología y la sobreexplotación de los recursos naturales, continuaron incrementándose día a día.
La Gestión Integral del Riesgo de Desastre (GIRD) debe estar en las agendas de los gobiernos, las industrias y comercios. La organización de las personas para prevenir y dar una mejor respuesta ante fenómenos destructivos es fundamental. ¿Por dónde iniciar? Por la identificación de las vulnerabilidades en nuestra propia casa y en nuestro lugar de trabajo.
Una emergencia se produce cuando se dan principalmente cuatro condiciones al mismo tiempo: 1. Que las personas vivan o trabajen en lugares peligrosos (sobre laderas, en los cauces de ríos, en los márgenes de las zonas industriales y en las zonas de restricción por derecho de vía o por riesgo geológico); 2. La ocurrencia de un fenómeno extremo (huracán, sismo de gran magnitud, incendio forestal o industrial); 3. Que el fenómeno provoque daños (El Programa Interno de Protección Civil es la herramienta básica para identificar las zonas de riesgo y la población potencialmente vulnerable); 4. Cuando el medio ambiente se ha alterado como producto de la actividad del ser humano (modificación arbitraria del uso de suelo).
Donde interactúan la sucesiva destrucción del medio ambiente, la ocupación inadecuada del territorio, la pauperización de la vida de la población y endebles condiciones de gobernabilidad, ahí existe un inminente y potencial riesgo de desastre. A este fenómeno se le conoce como vulnerabilidad múltiple o sistémica, ya que la ausencia de estado de derecho en esa zona específica no permite la generación de condiciones para revertir el acúmulo de amenazas, hasta que un evento desastroso las detona y, lamentablemente, con saldos de pérdida de vidas humanas e incuantificables daños a la infraestructura pública, bienes y patrimonio de la población afectada.

Si a la vulnerabilidad sistémica que se vive en muchas regiones de México le agregamos la alta incidencia de emergencias, no queda duda de que amplios segmentos poblacionales se encuentran expuestos a una inseguridad territorial y, por sus condiciones de vida, a un estado de indefensión social. ¿Cómo revertirlo? Previniendo y mitigando las condiciones de riesgo mediante el involucramiento de todos en el núcleo familiar y laboral, asignando tareas y responsabilidades a cada integrante, supervisando y dando seguimiento, tomando nota y reuniéndose específicamente para evaluar sus acciones y planificar otras.
No existe otra forma. Y sí, se tiene que invertir: recursos humanos y materiales. Dinero para equipar, capacitar e incorporar aspectos preventivos: extintores, señalética, equipo de protección personal, herramientas especiales, equipo de comunicación, entre otros elementos. No se pueden vencer las vulnerabilidades sistémicas de una comunidad si los ciudadanos y empleados no identifican y aprenden a superar sus propias vulnerabilidades y retos domésticos.
La cultura de la prevención y autoprotección, como todo hábito o costumbre, se aprende, no se hereda; es un fenómeno colectivo, compartido. También habrá que salir a la calle, con los vecinos o con los compañeros de trabajo y la Unidad Interna de Protección Civil del Centro de Trabajo para revisar las vulnerabilidades del conjunto de casas y espacios comunes: alumbrado, alcantarillado, pavimento, recolección de basura, seguridad pública, parques… ¡Lo que hacían nuestros abuelos! Desde barrer la acera y recoger la basura, hasta realizar reparaciones y mejoras en espacios colectivos, no obstante que sea una atribución del gobierno local, o de las áreas de mantenimiento; hacerlo por el simple hecho de generar empatía y comunidad entre vecinos, o repórtelo al responsable, pero con una sonrisa. No es una utopía, es una necesidad que, si se quieren cambiar las cosas, se tendrán que hacer más temprano que tarde. Invertir es prevenir. ¡Feliz fin de semana!
Hugo Antonio Espinosa
Funcionario, Académico y Asesor en Gestión de Riesgos de Desastre