En la década de los ochenta del siglo pasado se acuñó un concepto denominado la Sociedad del Riesgo. Los sociólogos Ulrich Beck y Anthony Giddens, de origen alemán e inglés respectivamente, fueron sus principales teóricos. Sus premisas fueron la exacerbada industrialización de la sociedad global y la creciente urbanización de las comunidades locales, lo cual generaría múltiples efectos entre la actividad humana y el medio ambiente que lo rodea, previendo desde entonces un amargo futuro para la humanidad.

Paralelamente a los riesgos sociales y asimetrías económicas que dicha sociedad fue generando, se construyeron múltiples condiciones de pobreza, marginalidad y desigualdad, factores que están detrás del riesgo de desastre, debido a que son intrínsecos al propio modelo de explotación capitalista que impera a nivel mundial en los últimos 50 años.

El incremento de vulnerabilidades sociales –físicas, sociales y económicas– y la reducción de los mecanismos de prevención, regulación y protección se siguen exacerbando día con día y pasan desapercibidos del conocimiento ciudadano y de los entes gubernamentales y privados responsables de su control, ya sea por negligencia, omisión o con deliberada intención, principalmente en zonas de menor desarrollo, cuya condición agrava aún más el riesgo de desastre.

Ante este panorama, ¿Cómo generar condiciones de seguridad y sostenibilidad del territorio, después de 50 años de expolio y devastación ecológica? ¿Se puede volver a empezar? No. Hay daños ya irreversibles en términos ambientales y resulta muy difícil reorientar el modelo económico actual. La noción de la Sociedad del Riesgo y las condiciones identificadas en los ochentas se han agravado considerablemente, incorporándose nuevos y más agudos fenómenos.

Por tal razón la Gestión Integral del Riesgo de Desastre (GIRD) debe estar ineludiblemente en las agendas institucionales de los tres órdenes de gobierno, en los debates académicos, en los portafolios de inversión y en la discusión pública. No podemos esperar más para iniciar la construcción de una cultura de autoprotección, respeto al medioambiente y al derecho que tienen las nuevas generaciones a vivir en un mundo seguro y en paz.

¿Por dónde iniciar? Por la identificación de nuestras vulnerabilidades locales. Un desastre se produce cuando se dan principalmente cuatro condiciones al mismo tiempo: 1. Que las personas vivan en lugares peligrosos (sobre laderas, en los cauces de ríos, en los márgenes de las zonas industriales y en las zonas de restricción por derecho de vía o por riesgo geológico); 2. Por la ocurrencia de un fenómeno extremo (Huracán, Sismo de gran magnitud, incendio forestal o industrial, por mencionar algunos.); 3. Que el impacto del fenómeno provoque muchos daños en zonas vulnerables (El Atlas Municipal de Riesgos es la herramienta fundamental para identificar los polígonos de riesgo y la población potencialmente vulnerable); 4. Cuando el medio ambiente se ha alterado como consecuencia de la actividad humana (transgresión de los usos de suelo).

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Donde interactúan la destrucción del medio ambiente, la ocupación inadecuada del territorio, la pauperización de la vida de la población y endebles condiciones de gobernabilidad ahí existe un inminente y potencial riesgo de desastre. A este fenómeno se le conoce como vulnerabilidad múltiple o sistémica, ya que la ausencia de estado de derecho en esas zonas específicas impide revertir el acúmulo de condiciones de riesgo hasta que un evento desastroso las detona con saldos de pérdida de vidas humanas e incuantificables daños a la infraestructura pública, bienes y patrimonio de la población afectada.

Pasar de la Sociedad del Riesgo a la Sociedad Resiliente es el reto actual. ¿Cuáles son las tareas por desarrollar? Generar conocimiento, registro, vigilancia, gestión y denuncia. ¿Cómo? Con los Atlas Municipales de Riesgo Multifactorial. En la siguiente entrega lo abordaremos. Esto es Protección Civil ¡Feliz fin de semana!

Hugo Antonio Espinosa

Funcionario, Académico y Asesor en Gestión de Riesgos de Desastre

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