El azúcar, un ingrediente clásico e indispensable de la cocina mundial, suele relacionarse casi de inmediato con el desarrollo de enfermedades crónicas de alta incidencia en México, como la diabetes y la obesidad. Sin embargo, desde el estricto punto de vista químico, la palabra “azúcar” no define a una sola sustancia. En realidad, existe una extensa variedad de compuestos a los que llamamos azúcares, y muchos de ellos ni siquiera poseen el característico sabor dulce que tanto nos atrae de forma irresistible.
Los azúcares, científicamente denominados hidratos de carbono o carbohidratos, son los nutrientes encargados de aportar la mayor parte de la energía o calorías que el cuerpo requiere diariamente. Se encuentran en alimentos evidentes como las golosinas, el pan de caja y la miel de abeja, pero también están presentes en alimentos de sabor salado o amargo, como una sopa de lentejas, una ensalada de papas o una cerveza bien fría. La forma en que sus estructuras moleculares están diseñadas define cómo los percibimos y, lo más importante, cómo los procesa el organismo.

¿Cómo influye la estructura química de los alimentos en la velocidad de la digestión?
Los carbohidratos se dividen principalmente en complejos y simples, una clasificación que determina la velocidad con la que se transforman en glucosa libre dentro del torrente sanguíneo. Un claro ejemplo de estructura compleja es el almidón, el azúcar más abundante en la dieta humana, el cual está formado por miles de moléculas de glucosa unidas químicamente a través de dos componentes:
- La amilosa: Una larga secuencia lineal de moléculas unidas de forma rígida, similar a los eslabones de una cadena de acero.
- La amilopectina: Una estructura altamente ramificada que se asemeja a un arbusto espeso.
Debido a estas diferencias, el cuerpo asimila los alimentos a ritmos muy distintos. Las harinas refinadas (como las galletas, el pan dulce o la pizza) contienen almidones con una mayor proporción de amilopectinas, lo que propicia una digestión y absorción sumamente rápidas, provocando picos abruptos de glucosa. En contraste, los almidones ricos en amilosas o los alimentos sin procesar (como el maíz o la papa) obligan al cuerpo a trabajar de forma más lenta, liberando la energía de manera gradual, razón por la cual se consideran opciones sustancialmente más saludables y nutritivas.
Asimismo, existen factores externos que modifican por completo este proceso: el tiempo y la temperatura de cocción (el arroz o la avena bien cocidos se digieren más fácil), el nivel de masticación, el contenido de fibra dietética, e incluso si el alimento fue congelado antes de su preparación.
¿Qué ocurre exactamente en nuestro intestino durante la absorción de glucosa?
Para que el cuerpo pueda aprovechar la energía de los azúcares complejos, estos primero deben ser fragmentados a través de la digestión. Este proceso químico inicia en la boca mediante la amilasa salival, continúa en el estómago con los jugos gástricos y alcanza su punto crítico en el intestino delgado. Es allí donde entran en acción unas pequeñas máquinas biológicas llamadas enzimas α-glucosidasas, encargadas de romper las cadenas complejas para liberar la glucosa. Entre las más importantes destacan la sacarasa-isomaltasa (SI) y la maltasa-glucoamilasa (MGAM).
Una vez que las enzimas han liberado la glucosa, el intestino utiliza un sofisticado sistema de aduanas celulares compuesto por proteínas transportadoras, las cuales actúan como puentes directos hacia el flujo sanguíneo:
- SGLT1: Se encarga de introducir la glucosa libre y la galactosa (azúcar de la leche) a las células que recubren las paredes del intestino.
- GLUT2: Toma la glucosa del interior de estas células y la transporta directamente hacia la sangre para distribuirla a todo el cuerpo.
- GLUT5: Es el puente especializado en absorber la fructosa, el azúcar que comúnmente se encuentra en las frutas y en el azúcar de mesa.
Cabe destacar que la cantidad y correcto funcionamiento de estos transportadores biológicos están coordinados por las hormonas del cuerpo, y su desempeño se ve severamente alterado en pacientes que padecen condiciones médicas como la diabetes mellitus.
¿Cuáles son los riesgos de los azúcares añadidos y qué investiga la ciencia médica?
Mientras que los azúcares naturales vienen acompañados de nutrientes en los alimentos enteros, los productos ultraprocesados que llenan las tiendas y supermercados contienen los denominados "azúcares añadidos" (tales como la sacarosa, la dextrosa, los jarabes de maíz o los jugos concentrados). Estos compuestos simples se agregan artificialmente con el único fin de mejorar el aroma, el sabor y prolongar el tiempo de conservación de refrescos, mermeladas y enlatados. El consumo frecuente de estos productos sobrepasa la capacidad reguladora del organismo, elevando exponencialmente el riesgo de desarrollar obesidad, hígado graso y afecciones cardiovasculares.
Por otra parte, la ciencia médica actual ha puesto la mira en lo que ocurre cuando la maquinaria enzimática intestinal falla o disminuye. La deficiencia en las enzimas SI y MGAM no solo explica problemas comunes como la inflamación, los cólicos y la diarrea crónica, sino que altera directamente la microbiota intestinal, la comunidad de bacterias benéficas esenciales para la salud general. En casos extremos, si el cuerpo es incapaz de digerir almidones para obtener glucosa, entra en un estado de emergencia donde se ve obligado a destruir sus propias proteínas musculares para generar energía.
Actualmente, laboratorios de investigación científica continúan estudiando a fondo la localización y el comportamiento de las enzimas intestinales. El objetivo final a largo plazo es abrir un nuevo panorama clínico: diseñar tratamientos avanzados para regular la absorción calórica, combatir los síndromes de malabsorción y, en un futuro, desarrollar alternativas eficaces que permitan disfrutar de los sabores dulces sin que esto represente un impacto negativo en el peso corporal o la salud metabólica.